¿Provocaremos otra guerra mundial con tal de evitar el auge de China?

Hace unos días tuve el privilegio de escuchar al economista jefe mundial del banco HSBC, Stephen D. King, que presentaba en Esade su libro Losing control: the emerging threats to western prosperity.

Abordó un tema que me parece muy interesante: “Todos estamos de acuerdo en que los países emergentes son poderosas maquinarias de crecimiento económico. Pero hay poco debate sobre cómo afectará esto al llamado mundo occidental”.

Como bien apunta King, el proceso de globalización ha sido vendido como una panacea del comercio mundial y parece que nadie ha querido ver que eso también funciona en el otro sentido: países que estaban fuera de juego pueden vender en los nuestros con más facilidades. Y están aprendiendo rápidamente a sacar provecho de ese nuevo “mundo plano” sin fronteras. La consecuencia la apuntaba sin paños calientes el economista:

“La influencia de Occidente se va encogiendo lentamente y en cambio crece la importancia de otras naciones, hasta el punto de que pronto serán esos otros países los que tengan la capacidad de establecer  la agenda global”.

Eso sí que es un cambio que los occidentales no teníamos previsto.

Hablamos mucho de competitividad pero, ¿estamos preparados para competir con esos países emergentes que llegan hambrientos de prosperidad? Algunas reflexiones de King sirven de respuesta:

  • “Si un tercio de la población mundial [China e India] se vuelve más rico, las consecuencias serán enormes porque seguimos viviendo en un mundo de recursos limitados”. En otras palabras: no habrá suficiente energía ni materias primas para todos. Y quizá no seamos nosotros los que podamos pagar el mejor precio por ellas. De hecho, una de las previsiones que mencionó el autor es que, para 2035, China consumirá todo el petróleo disponible en el mundo. Lo único que podrá impedirlo es que suba el precio.
  • “Siempre se dice que la clave del éxito de Occidente ha sido el desarrollo de nuevas tecnologías que, a cada nuevo invento, han disparado la productividad y ha superado el escollo de la escasez de recursos. Pero olvidamos a menudo que también obtuvimos muchos recursos sacándolos de otros países (con la colonización) o de otras personas (con la esclavitud)”. Este apunte en concreto me pareció brillante. Hemos impuesto un juego en el que creíamos que éramos los mejores, y se nos pasó por alto que si hemos ganado muy a menudo es porque hacíamos trampas.
  • Un dato frío que dice mucho: En 1950, Occidente representaba el 34% de la población mundial en edad de trabajar. En 2050 será el 12%. Y el añadido de King: “No podemos limitarnos a confiar en que otras personas querrán trabajar duro para nosotros. Necesitamos prepararnos para volvernos dependientes de otros de una forma segura… Porque lo seremos de forma segura o no”.
  • El incremento de presión en los márgenes de ciertos sectores -debido a la mobilidad de capital, que facilita la deslocalización de fábricas a países más baratos- reduce las desigualdades de renta entre naciones… pero aumenta las desigualdades dentro de cada país.
  • Esa inequidad interna de poder adquisitivo “no le importó mucho a nadie mientras hubo crédito barato. La gente consumía, fuera con sus ingresos o mediante préstamo”. Pero ya no existe ese crédito barato al consumo…

¿Qué puede deparar el futuro? Pues mucha incertidumbre, según predice King:

“No habrá un nuevo milagro que incremente nuestra productividad. Nos quedará trabajar más, ya sea más horas o más años, invertir en otras partes del mundo y aceptar más inmigración”.

En realidad, para el autor, “Occidente tiene decisiones que tomar: implicarse o volverse aislacionista. El aislacionismo supondría regresar a la primera mitad del siglo XX… que no terminó del todo bien”.

“Está en manos de Occidente decidir cómo navegará a través de su propio declive sin provocar un conflicto en el mundo”.

“Porque la última vez que se vio en esa situación, lo resolvió de forma horrible”. Lo que él pudorosamente llama “resolverlo de forma horrible” es lo que el vulgo conoce como Primera y Segunda Guerra Mundial, por supuesto.

Es algo que he pensado alguna vez, y no creo que sea el único. ¿Seguirán ascendiendo en poder China e India mucho tiempo antes de que alguien se invente una guerra que pueda, convenientemente, llevarlos unas décadas hacia atrás?

Probablemente una guerra abierta queda descartada puesto que tanto China como India son potencias nucleares. Pero una nueva Guerra Fría es posible.

Si llega ese momento, ¿lo consentirán, lo consentiremos, los ciudadanos de Europa? ¿Dejaremos que ocurra? ¿O seremos capaces de pararlo… aunque eso nos suponga aceptar un nivel de vida inferior al que hemos tenido, aceptar que hay otros que son mejores que nosotros según las reglas de nuestro propio capitalismo?

¿Estaremos moralmente preparados para dejar que otros, simplemente, nos ganen al juego que nosotros inventamos?

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