Capitalismo a tiempo parcial

Cuando el cine se volvió sonoro, hubo quien pronosticó su muerte y hubo quien se aferró como pudo a hacer cine “como el de antes”. ¿Os imagináis que hubieran intentando mantener el cine como entretenimiento mudo… por ley?

El problema de la traída y llevada Ley Sinde no es sólo la dudosa constitucionalidad de que un Gobierno de turno pueda decidir cerrar una web con una endeble tutela judicial, ni el peligroso precedente que eso crearía para la libertad de expresión (que sí es un derecho fundamental, no equiparable al derecho de propiedad intelectual, legítimo pero de menor trascendencia).

El problema real es que ninguna ley puede hacer funcionar un modelo de negocio que ya no funciona.

Para empezar, la industria de los contenidos habla como si tuviera derecho al beneficio: todos tienen derecho, en un sistema capitalista, a intentar vivir de lo que les plazca. Conseguirlo depende del favor del público o de los consumidores, llámese como se quiera. No hay un derecho a ser cineasta remunerado, como no existe el derecho a ser fontanero o periodista. Uno puede probar pero no tendrá garantizado que las cuentas cuadren a final de mes. Y a casi nadie se le ocurriría exigirle eso al Gobierno.

Cortesía de Mike Licht, Notions Capital
Cortesía de Mike Licht, Notions Capital

Aquí se juntan dos problemas: un sector productivo que disfruta de subvenciones con el dudoso argumento de que su existencia es tan pura, angelical y necesaria para España que debemos, lógicamente, costearla entre todos. Y, como consecuencia del primer punto, tenemos un sector productivo que tiene poco de productivo y que vive al margen de la primera regla de supervivencia de cualquier negocio: adaptarse a los cambios. Sobre todo si son cambios en las necesidades y gustos de los consumidores.

Los consumidores llevan una década hablando. La industria de la música quiso hacerse la sorda y lo pagó, y al final está teniendo que abordar con prisas una metamorfosis anunciada. La industria de la televisión y la prensa informativa podían haber aprendido de ese error capital y potencialmente mortal, pero quisieron tentar a la suerte por si el futuro pasaba de largo. Ahora disfrutamos de EREs, caídas de rentabilidad, destrucción de empleo y pérdida de credibilidad social.

Y la industria cultural decide ser aún más estúpida. Resulta que tiene más fans de sus productos que nunca, gente implicada capaz de trabajar en equipo para subtitular una serie en cuestión de horas… y, en vez de preguntarse cómo ayudar a su público y cómo monetizar la corriente, en vez de tomarse ese interés de los consumidores como el regalo que es… Deciden que quieren imponernos dónde y cómo tenemos que consumir sus productos.

No es que yo esté a favor ni en contra.

Es, simplemente, que no va a ocurrir.

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